viernes, mayo 23, 2008

Un regalo para Corpus

Quiera Dios que algún día nos devuelvan a los fieles el Santísimo en nuestras calles con el debido respeto y devoción, en vez de las batucadas y los petardos que deberemos soportar mañana.




O sacrum convivium, in quo Christus sumitur;

recolitur memoria Passionis eius;

mens impletur gratia;

et futurae gloriae nobis pignus dator.

O quam suavis est, Domine, spiritus tuus!

qui ut ducedinem tuam in filios demonstrares,

pane suavissimo de caelo praestito,

esurientes reples bonis,

fastidiosos divites dimittens inanes.

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jueves, mayo 22, 2008

Isengard: O la destrucción de la sociedad tradicional por la máquina industrial: Un caso histórico

Antiguamente la industria, unida a la agricultura, dándose las manos el capital y el trabajo, formaban estas fuentes un laudable consorcio, cuyo resultado era el bienestar general y la riqueza de nuestros pueblos. Todos nuestros obreros eran igualmente colonos, que ora empuñaban la esteva del campesino, ora la lanzadera del tejedor, o la carda del pelaire; eran, los más, propietarios de su telar, cuyos beneficios, unidos al producto de los campos, constituían todo su capital y el bienestar de su familia numerosa y feliz.
Esta clase, tan numerosa al principio de este siglo, como que era nuestra expresión agrícola y manufacturera, ha desaparecido enteramente; se ha dado a la vida industrial una dirección nueva y nuevas tendencias, las invenciones extranjeras han derribado las fortunas y las cosas antiguas, apareciendo la centralización, que lo ha absorbido todo. La industria lanera ha desaparecido de nuestros pueblos de la montaña, la lencería va disminuyendo en ellos cada día, y la industria algodonera, que en el día las absorbe todas, se va reuniendo en pocos y determinados centros de fabricación (…).

Es verdad que nos admiran mucho esas inmensas cuadras, cuyas complicadas máquinas, movidas por el agua o por la fuerza elástica del vapor, producen tanto, y con una perfección a que jamás habría llegado la mano del hombre; que es muy bello contemplar a la multitud de obreros que da dirección a estas máquinas, afanándose al compás de fragoso rumor de la maquinaria, del balance o de las turbinas.

Si recordamos, empero, que estos obreros eran antes pequeños industriales, que constituían una clase que ha desaparecido para pasar a la de jornalera y mercenaria; que, perdida su independencia, se ve unida a la rueda que dirige (…); si, además, contemplamos la tierna edad de algunos infelices atados al manubrio que deben mover continuamente; la reunión de sexos en perjuicio del pudor y en menoscabo de las buenas costumbres…cesará entonces nuestra admiración; tintas pálidas y sombrías velarán el cuadro (…), y casi nos harán desear la desaparición de tanta riqueza y producción unidas, optando por la industria precaria de nuestros abuelos.

Texto que me fue pasado por Marcelo M. que halló en el libro Las Guerras Carlistas de Josep Clemente que, a su vez, extrae de Joaquín Salarich, Higiene del tejedor, o sean medios físicos y morales para evitar las enfermedades y procurar el bienestar de los obreros ocupados en hilar y tejer el algodón (Vic: Soler Hermanos, 1858, pp. 45).


Una pista sobre lo que hay detrás del conflicto con el campo.

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lunes, mayo 19, 2008

Un paso adelante, dos pasos atrás... ¿o es al revés?

Ma vraie gloire n'est pas d'avoir gagné quarante batailles; Waterloo effacera le souvenir de tant de victoires. Ce que rien n'effacera, ce qui vivra éternellement, c'est mon Code Civil.

--Napoleón Bonaparte desde su cautividad en Santa Elena

Es una tesis que sostengo hace tiempo y sé que es muy impopular entre tradicionalistas que, en la batalla contra el orden cristiano establecido que decíamos la otra vez, la dinastía austríaca de los Habsburgo-Lorena cumplió un importante papel.

La llamada Revolución Francesa (y su correlato Napoleónico) no venció en el terreno militar, sino en el terreno jurídico y, consecuentemente, político y social. El mismo "Emperador de los franceses" lo reconoce en la cita de más arriba con indudable don profético. Entre Waterloo (1815) y el fin del siglo XIX en 1914, el Código Napoleónico influyó de alguna u otra manera sobre las legislaciones de los Estados Italianos (y, luego, el Reino de Italia), los Países Bajos, Bélgica, España, Portugal, las repúblicas hispanoamericanas, algunos de los Estados Alemanes (y, luego, el Imperio Alemán), Suiza, la provincia canadiense de Quebec y el estado norteamericano de Louisiana.

Entre los Estados Alemanas a que me refiero más arriba, también está Austria. En 1811 se adoptó el Allgemeines bürgerliches Gesetzbuch, aún en vigencia (con modificaciones, por supuesto) y más conocido por sus iniciales ABGB, que si bien su preparación había comenzado cuarenta años antes en la huella de los "principios" de la Ilustración, el Código Civil francés le dio verdadero impulso.

Claro que la matriz revolucionaria del Austria de los Habsburgo-Lorena no había comenzado en 1789, en 1804 ó en 1815, sino mucho antes: con la emperatriz María Teresa (†1780) y su hijo José II (†1790). Y los que siguieron de la familia, hicieron también su parte. No menos Francisco II, el último Sacro Emperador Romano.

Hay quienes piensan que el Congreso de Viena y la rimbombante Santa Alianza fueron una especie de último intento tradicionalista o, al menos, contrarrevolucionario; cuando en realidad, no fue más que un proyecto conservador de encauzar la Revolución por senderos de "orden y progreso". La tarea de todo conservador.

No hay más que leer los pormenores del Congreso y la insistencia de Metternich (su verdadero protagonista) para llegar, por la vía de encuentros informales, a acuerdos privados entre las distintas potencias. Sólo así se explica la aceptación en dicho congreso de una personalidad repugnante como Talleyrand. O la tardanza de la Santa Alianza en reforzar a Dom Miguel durante su guerra con los liberales constitucionalistas. O el confinamiento de las familias reales legitimistas y carlistas en Trieste o Venecia. Y muchísimas otras decisiones que pueden extrañar.

En el Prefacio a sus Memorias, Klemens von Metternich reconoce:

Mi existencia está estrechamente ligada a los acontecimientos de la época en que viví.

Esta época constituye una división de la historia del mundo; fue un período de transición. En los períodos de este género, el edificio del pasado está en ruinas; el nuevo edificio no ha sido todavía levantado. Empieza a ponerse en pie y los contemporáneos son los obreros que lo constituyen.

[...]

La época a la que me voy a referir es aquélla que comienza en 1810 y termina en 1815. Por ser la más importante de mi vida y llevar impreso el carácter de la historia del m
undo. Es en aquel entonces cuando se dibujaron la forma y el carácter que las cosas tomarían más tarde...

[Tomado del blog Los Papeles de Don Cógito.]

En su famosa tesis doctoral (Peace, Legitimacy, and the Equilibrium), Henry Kissinger señala que, entre 1813 y 1815, sus admirados Metternich y Castlereagh tuvieron el objetivo de transformar el "orden revolucionario" de Napoleón en "uno legítimo".

The issue at Vienna... was not reform against reaction... The problem was to create an order in which change could be brought about through a sense of obligation, instead of through an assertion of power. For the difference between a revolutionary order and a healthy legitimate order is not the possibility of change but the mode of its accomplishment.

Lo lograron. Y ese aquelarre de burgueses preocupados por sus negocios, revolucionarios moderados, aristócratas acomplejados y clero acomodaticio que constituyó lo que Francisco Bosch llamó "derecha termidoriana" tuvo un papel fundamental (y aún lo tiene) en consolidar la Revolución.

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domingo, mayo 18, 2008

De alpargatas y fenicios

Había una vez un yanqui que visitó la Argentina para asistir a una escuela de polo. Ahí conoció las alpargatas y, con buen ojo para los negocios, se le ocurrió comenzar a fabricarlas y venderlas en su país. Como "gancho" se le ocurrió que por cada par de alpargatas que vendiese, regalaría una a los "niños del tercer mundo" que andan descalzos en sus salvajes países. Así nacieron los TOMS Shoes.

Hoy el jetset de Yanquilandia las viste y publicita en revistas de modas y chimentos. Y la masa de consumidores está dispuesta a pagar hasta 48 dólares (¡!) por un par de alpargatas reforzadas que sólo se distinguen por la marca TOMS en una banderita celeste y blanca.


Cosa'e Mandinga, en este mundo de fenicios, ya no queda nada sagrado...

Por mi lado seguiré usando mis reforzadas marca pirulo que ahora son fashion, aunque mi corazoncito siempre estará con las Rueda negras bigotudas aunque cuando llueva se conviertan en zuecos.


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viernes, mayo 16, 2008

Pentecostés, la Virgen, la Tradición y una peregrinación

André Charlier era un maestro de alma. Hijo de un notorio francmasón famoso por sus ataques de viernes santo, se enroló en el Ejército Francés en 1914 a los 19 años. La experiencia de la guerra lo cambió; de hecho, se convirtió al catolicismo. A los treinta años, su hermano Henri -notorio artista- también lo acompañaría en su camino a Roma. En los años posteriores a la Segunda Guerra, su escuela de Maslacq adquirió cierta notoriedad.

En un ambiente tradicional y en medio de la naturaleza, sus alumnos aprendían de una manera integral y completa; lo que un autor llama "método poético" y que inspiró otras experiencias como la de Kansas de que ya hablamos en el blog. No había "materias" en compartimentos estancos sino que se progresaba en el conocimiento de todos los saberes al mismo tiempo. Se aprendía a gustar del saber. Al fin del año escolar, los alumnos superiores eran invitados por Charlier a asistir a conferencias que gustosos brindaban sus amigos Gustave Thibon, el Padre Tonquedec, Henri Massis o Louis Salleron. Y no descuidaba su formación estética ni religiosa. El coro de canto gregoriano era antológico a pesar de la dificultad del canto coral en adolescentes.

No es de extrañar entonces que entre sus discípulos podamos encontrar a Dom Gérard (recientemente fallecido) y a quien ya nos referimos. También a quienes iniciaron en 1982 la primera peregrinación de Pentecostés entre París y Chatres. Originalmente la "peregrinación tradicionalista", como fue conocida popularmente, involucraba a la gente próxima al Centro "Herni et André Charlier", fundado por Bernard Antony, Jean Madiran y Albert Gérard, pero pronto fue incorporando a mucha más.

No faltaron los conflictos, internos (la actividad política de Antony tuvo algo que ver) y externos (siendo la principal la crisis de 1988/1989 derivada de la excomunión a Monseñor Lefebvre y los obispos por él consagrados, y que a partir de ese momento se dividió en dos: una de Paris hasta Chartres y la otra de Chartres hasta Montmartre). Tampoco faltaron las incomprensiones de parte de los obispos que, en alguna oportunidad, llegaron a prohibiciones.

Pero ambas peregrinaciones, Pèlerinage de Chrétienté y Pèlerinage de Tradition, crecieron y hoy son la manifestación más importante de la iglesia francesa. Incluso han participado obispos no sólo en las celebraciones sino en la misma peregrinación, y las relaciones entre ambas peregrinaciones, que alguna vez no fueron buenas, hoy son bastante cordiales.

Cuando en nuestro país las peregrinaciones pierden cada vez más su sacralidad para transformarse en meros shows de batucadas o bailantas tropicales, creo que estas imágenes de ambas peregrinaciones pueden ser inspiradoras.










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Jornada de Recreación Histórica en San Isidro


El Tercio de Cántabros Montañeses invita a disfrutar de la Jornada de Recreación Histórica que se realizará el domingo 18 de mayo a las 14 horas en el Museo Beccar Varela de San Isidro, Calle Adrián Beccar Varela 774 (San Isidro, Provincia de Buenos Aires), teléfono 4575-4038, correo electrónico msimuseo@fullzero.com.ar. En caso de inclemencias climáticas la jornada de Recreación Histórica se realizara el domingo 1° de Junio a la misma hora.

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jueves, mayo 15, 2008

Interesante artículo

The Mail on Sunday

21 de abril de 2008

Fue la Segunda Guerra Mundial tan sinsentido y condenada a la derrota como Irak

Peter Hitchens

Me hace sentir como un traidor escribir esto. La Segunda Guerra Mundial fue mi religión durante la mayor parte de mi vida.

Con coraje, solos, bombardeados, desafiantes, nosotros, los británicos, la ganamos por nosotros mismos contra el enemigo más maligno y poderoso imaginable.

Nacido seis años después de que había concluido, me sentía casi como si la hubiese vivido, como mis padres lo habían hecho más enfáticamente, con algo de coraje y mucho de incomodidad en ambos casos.

Con mis soldados de juguete, tanques y armas, derrotaba a los nazis diariamente en el piso de mi habitación.

Me perdía en libros con títulos desvergonzados como “Hombres de honor”, con sus relatos crocantes y movidos de hechos de increíble coraje por gente de otro modo ordinaria que podrían haber sido mis vecinos.

Leía las aventuras ficticias del as de la Fuerza Aérea Real Matt Braddock creyendo que las historias eran reales, y sin preocuparme en lo más mínimo acerca de lo que sucedía cuando sus bombas tocaban el suelo. Ahora lo hago.

Luego de esto vinieron todas esas películas patrióticas que enriquecían la decencia, coraje tranquilo y humor de uno mismo que llegué a pensar eran la esencia de lo británico. Hasta hoy no puedo verlas sin atragantarme.

Ésta fue nuestra mejor hora. Fue la medida contra la cual debe compararse todo lo demás.

Por eso ha sido muy duro para mí desde que las dudas prendieron. Realmente no quería saber si no había sido exactamente así. Pero terminaron forzándome.

Cuando viví en Rusia al final de la era soviética, me encontré con un país que hacía incluso más uso de la guerra que nosotros mismos.

Incluso contraté a un espléndido veterano del viejo Ejército Rojo para ayudarme a instalar mi oficina allí: un anciano caballero recto y totalmente confiable como los de la generación de mi padre, excepto que era ruso y un estalinista convencido que había realizado trabajos oscuros para la KGB.

También tenían sus películas bélicas. Y sus cicatrices honrosas.

Y estaban tan convencidos como nosotros de que ellos solos habían ganado la guerra.

Consideraban al Día D como un evento menor y nunca había oído de El Alamein.

Una vez me encontré a mí mismo pensando: “Están usando la guerra como una manera de confortarse a sí mismos de su decadencia nacional, y en el camino están claramente perdiendo en su enfrentamiento con América”.

Y luego se me ocurrió que ésta podía ser una descripción de mi mismo país.

Cuando viví en América, donde descubrí que la Segunda Guerra Mundial, según su visión, tuvo lugar principalmente en el Pacífico, y que en cualquier caso no importaba ni la mitad que la Guerra Civil y la Guerra de Vietnam, obtuve una segunda lección histórica severa e indeseada.

Ahora aquí viene otra. En una reciente visita a los Estados Unidos compré dos nuevos libros que harán enojar mucho a mucha gente en Gran Bretaña.

Los leí, sin poder mirar para otro lado, del mismo modo que es difícil no mirar una escena de desastre, en una suerte de nube de oscuridad desesperanzada.

Son una reacción del uso—según mi visión, abusode la Segunda Guerra Mundial para justificar la Guerra de Irak.

Nos dicen que la guerra entre 1939 y 1945 fue una buena guerra, peleada para derrocar a un tirano perverso, que la guerra en Irak sería lo mismo, y que quienes se oponen a ella son como los pacifistas desacreditados de 1938.

Bueno, yo no me siento como Neville Chamberlain (un hombre al que aún desprecio) cuando argumento contra la Guerra de Irak. Y aún no.

Algunos de quienes se oponen a la Guerra de Irak hacen una pregunta muy perturbadora.

La gente que nos vendió Irak lo hicieron como si fuesen los Churchill de hoy. Estaban equivocados.

En ese caso, ¿cómo podemos estar seguros de que la Guerra de Churchill fue una buena guerra?

¿Qué sucede si los “Hombres de Honor” no necesitaban morir o arriesgar sus vidas? ¿Qué pasa si todo fue un mal calculado desperdicio de vidas y riqueza que destruyó a Gran Bretaña como principal potencia y la convirtió en una arruinada pensionada de los EE.UU.?

Lo gracioso es que esas preguntas resuenan en otras igualmente inconfortables que a menudo mis lectores me hacen aquí.

La versión más suave es: “¿Quién ganó la guerra realmente cuando Gran Bretaña está hoy sometida a una Unión Europea dirigida por Alemania?”

La otra es una que escucho de un número creciente de veteranos de guerra que contemplan el panorama británico moderno de estupidez y desorden, y rememoran los sacrificios que hicieron: “¿Para qué nos preocupamos?”

No sigas leyendo si estas preguntas sacuden tu universo.

Los dos libros, que saldrán en este país muy pronto, son de Patrick Buchanan Churchill, Hitler And The Unnecessary War (Churchill, Hitler y la guerra innecesaria) y de Nicholson Baker Human Smoke (Humo humano).

Conozco a Pat Buchanan y lo respeto, pero nunca me gustó su simpatía por “América Primero”, el movimiento que trató de mantener a los EE.UU. fuera de la Segunda Guerra Mundial.

En cuanto a Nicholson Baker, se hizo famoso sólo cuando su novela de sexo telefónico, Vox, le fue regalada a Bill Clinton por Monica Lewinsky.

Human Smoke no es una novela sino una serie de hechos reales breves deliberadamente ordenados para minar la historia aceptada de la guerra, y ha recibido una generoso tratamiento por parte de los medios estadounidenses, especialmente el New York Times.

Baker es un pacifista, una postura estúpida abierta sólo a ciudadanos de países libres con armadas grandes.

Ha seleccionado con cuidado para apoyar su postura, pero muchos de los hechos aquí, especialmente acerca de Winston Churchill y del rápido entusiasmo británico por bombardear objetivos civiles, perturba malamente la creencia promedio.

Aquí está Churchill, en un artículo de diario de 1920, supuestamente atacando a la “siniestra confederación” del judaísmo internacional.

Digo “supuestamente” porque no he visto el original. También lo digo porque me rehúso a creerlo, como me rehúso a creer otro fragmento de Baker que sugiere que Franklin Roosevelt se había involucrado en un plan para limitar el número de judíos en la Universidad de Harvard.

Tales cosas hoy acabarían una carrera política en un instante.

Muchos creen que la guerra de 1939 a 1945 fue peleada para salvar a los judíos de Hitler. Ningún hecho comprueba esta creencia bastante extendida.

Si la guerra salvo algún judío, lo hizo por accidente.

Su comienzo frenó los trenes de “Kindertransport” que rescataban a los niños judíos del Tercer Reich. Ignoramos informes creíbles de Auschwitz y nos rehusamos a bombardear las vías ferroviarias que conducían hacia ese lugar.

Baker tampoco tiene problema en mostrar que la decisión de Hitler de exterminar a los judíos de Europa sólo apareció luego de que la guerra había comenzado del todo, y que antes de eso, a pesar de que su tratamiento de los judíos era desagradable y homicida, estaba bastante lejos del asesinato masivo industrializado.

La implicancia de esto, que el Holocausto fue el resultado de la guerra, no la causa de ella, es especialmente perturbadora.

Mucha gente se verá problematizada, también, con el conocimiento de que Churchill dijo de Hitler en 1937, cuando la naturaleza de su régimen era bien conocida: “Un funcionario muy competente, frío, bien informado, con maneras agradables, una sonrisa amigable y que pocos no se han visto afectados por su sutil magnetismo personal”.

Tres años después, la mirada semi-oficial, aún bastante creía, era que Hitler era un demonio en forma humana y más o menos loco.

Buchanan es, de alguna forma, más dañino. Retrata a Churchill como un hombre que amaba la guerra en sí misma, y la prefería a la paz.

Cuando la Primera Guerra Mundial comenzó en 1914, dos observadores, Margot Asquith y David Lloyd George, describieron a Churchill como “radiante, su cara luminosa, sus maneras agradables… podía verse que era realmente un hombre feliz”.

Churchill también (correctamente) es golpeado por Buchanan por reducir las fuerzas armadas británicas en el período entre guerras.

Fue Churchill quien, como canciller del Tesoro, mandó profundos recortes en la Armada Real en 1925, de modo que cuando adoptó el re-armamento como su causa diez años después, fue contra su propia estupidez que peleaba.

Bueno, todo país necesita de hombres a los que les gusta la guerra, si pretende defenderse y pelear cuando deba hacerlo. Y todos cometemos errores, que son olvidados si luego hacemos algo espectacularmente bien, como hizo Churchill.

Los americanos pueden tomar o dejar las ideas del Sr. Buchanan acerca de si debieron haberse mantenido fuera, pero los EE.UU. lo hicieron bastante bien en una guerra en la cual Gran Bretaña y Rusia tuvieron a su cargo la mayoría de las luchas, mientras que Washington se acreditaba (y aún lo hace) la mayor parte de los beneficios.

Reseñando el frío resumen de Buchanan, me encontré molesto con varias cuestiones.

Las dos guerras mundiales, como dice Buchanan, fueron en realidad un único conflicto.

Fuimos a la guerra con el Káiser en 1914 principalmente porque temíamos que Alemania nos sobrepasara como la primera potencia naval del mundo. Aún así el principal resultado de la guerra fue que nos vimos tan debilitados que fuimos sobrepasados por los EE.UU.

También fuimos forzados, por presión americana, a terminar nuestra alianza naval con Japón, lo que protegió nuestro Imperio en el Lejano Oriente durante la guerra de 1914 a 1918.

Esta decisión, más que ninguna otra, nos costó ese Imperio. Al convertir a Japón de aliado en enemigo, pero sin el poderío militar o naval para conservar nuestras posesiones, nos aseguramos ser presa fácil en 1941.

Después de la caída de Singapur en 1942, nuestra fuerza y reputación en Asia se acabó para siempre y nuestra salida apresurada de la India era inevitable.

Peor aún es el análisis de Buchanan de cómo fuimos a la guerra.

Siempre había pensado que el momento en que debimos frenar a Hitler fue cuando reocupó la Renania el 7 de marzo de 1936. Pero Buchanan registra que nadie estaba interesado en tomar esa vía en aquel tiempo. ¿Nadie? Sí.

Eso incluye a Churchill, quien dijo fatalmente el 13 de marzo: “En vez de tomar represalias por la fuerza armada, como hubiese sido hecho una generación antes, Francia ha tomado la vía apropiada y prescripta de apelar a la Liga de Naciones”.

Entonces urgió a “Herr Hitler” de la forma más aguada a hacer algo decente y retirarse.

Buchanan no cree que Gran Bretaña y Francia podrían haber salvado a Checoslovaquia en 1938, y sospecho que está en lo correcto.

Pero éste es un asunto menor en comparación con su examen quirúrgico de la garantía británica de ayudar a Polonia en marzo de 1939. Hitler vio nuestra “posición” como una bomba de humo, y la desafió.

Los polacos fueron aplastados y asesinados, y su país borrado del mapa. La eventual derrota de Hitler dejó a Polonia bajo la bota soviética por dos generaciones.

Luego nos embarcamos en una guerra que nos costó nuestro Imperio, muchos de nuestros mejores mercados de exportación, lo que restaba de nuestra supremacía naval y la mayor parte de nuestra riqueza nacional—felizmente arrancada de nuestras manos a cambio de las provisiones en préstamo y arriendo.

Como resultado directo de ello suplicamos la membresía de un mercado común que desde entonces ha drenado nuestra independencia nacional.

¿No debíamos haber sido más inteligentes de comportarnos como los EE.UU., quedando afuera y esperando a que Hitler y Stalin se arrancaran las entrañas?

¿Esta Hitler realmente interesado en una guerra con Gran Bretaña o en aplastar el Imperio Británico?

El país más interesado en desmantelar nuestro Imperio eran los EE.UU. Hitler nunca construyó una armada de superficie capaz de desafiar la nuestra y, por suerte para nosotros, dejó para último momento la construcción de suficientes submarinos como para hacernos morir de hambre.

Por muy poco fue derrotado en la Batalla de Inglaterra, ¿pero cuánto nos hubiese cobrado si, un año después, hubiese usado las fuerzas que lanzó contra Rusia para, en vez de ello, atacarnos a nosotros?

Pero no lo hizo. Su “plan” para invadir Gran Bretaña, la famosa Operación León Marino, era sólo un borrador que fue rápidamente abandonado.

¿Puede ser verdad que no estaba demasiado interesado en pelear con nosotros o invadirnos? Sus asistentes siempre se sintieron confundidos por su admiración por el Imperio Británico, acerca del cual podía aburrir durante horas.

Por supuesto que era un dictador maligno. Pero lo mismo fue José Stalin, quien posteriormente se convertiría en nuestro honorable aliado, provisto con armas británicas y aplaudido por nuestra prensa y políticos, incluyendo al mismo Churchill.

Para la Navidad de 1940, Stalin había de hecho asesinado a tanta gente como Hitler y había invadido casi tantos países.

Casi le declaramos la guerra en 1940 y ordenó a los comunistas británicos subvertir nuestro esfuerzo bélico contra los nazis durante la Batalla de Inglaterra.

Y, aliado de Hitler, aprovisionaba a la Luftwaffe con mucho del combustible y los recursos que necesitaba para bombardear Londres.

No es tan simple, ¿no? Revisa el siglo XX y verás a Gran Bretaña repetidamente peleando contra Alemania a un costo colosal.

Nadie puede dudar del valor y el sacrificio involucrado.

Pero al final de todo, Alemania domina Europa tras la pantalla de humo de la Unión Europea; nuestro Imperio y nuestro dominio sobre los mares ha desaparecido, luchamos contra todos los problemas de una gran civilización en decadencia, y nuestro amigo especial, los Estados Unidos, nos han suplantado sonrientemente para siempre. Pero ganamos la guerra.

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Discriminar o no, he ahí la cuestión

[Tomado del buen blog Tea At Trianon.]

Años atrás, la palabra "discriminación" se usaba principalmente para hacer distinciones inteligentes. Una persona que discriminaba era capaz de percibir la diferencia crucial entre el buen gusto y el mal gusto, entre la belleza y la fealdad, entre una persona culta y una vulgar, entre el bien y el mal moral, entre lo normal y lo perverso. Decir que una persona discriminaba era un cumplido.

La década del sesenta nos trajo no sólo revoluciones políticas sino también religiosas, artísticas y culturales. Hoy en día discriminar ha asumido un significado casi exclusivamente negativo: ser prejuicioso, intolerante, injusto, políticamente incorrecto. Existen muchos que viven con miedo constante a una causa judicial provocada por una frase accidental que hayan dicho y que sea interpretada (con mala voluntad) como discriminatoria. Existen muchos abogados que se especializan en casos de discriminación. Este hecho histórico tiene la lamentable consecuencia de hacernos olvidar completamente de que deberíamos "discriminar".

Alice von Hildebrand

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miércoles, mayo 14, 2008

El fin de una era

Decía hace un tiempo ya Wanderer que el siglo XIX "cobijó guerras que no sólo eran contra la fe [como el XX], sino contra el orden cristiano establecido". En términos de lo que es la Teología de la Historia, el siglo XIX podemos decir que se extendió entre los sucesos históricos conocidos como Revolución Francesa y Primera Guerra Mundial. Como un incendio, en esos 130 años la Revolución mundial se extendió por todo el mundo. A veces a alta velocidad, la mayoría de las veces en forma lenta pero siempre constante. Los logros de los "reaccionarios" no pasaron, la mayoría de las veces, de la mera consolidación de cada vez más numerosas concesiones.

En una escena de la miniserie inglesa "El príncipe perdido" (The Lost Prince, se puede ver la parte a que me refiero aquí entre 4m 10s y 5m 20s) la reina consorte, María von Teck, interpretada por Miranda Richardson, hace ver a su hijo Jorge (el futuro duque de Kent) que lo que está sucediendo en el mundo durante la Gran Guerra (1914-18), incluso los cambios menores (como la cuestión del apellido y la deposición del Káiser como coronel honorario de regimientos británicos), es el fin de toda una era: la remoción de todo las piezas con la que la civilización occidental fue construida, sin importar lo que será del futuro.

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