The Mail on Sunday
21 de abril de 2008
Fue la Segunda Guerra Mundial tan sinsentido y condenada a la derrota como Irak
Peter Hitchens
Me hace sentir como un traidor escribir esto. La Segunda Guerra Mundial fue mi religión durante la mayor parte de mi vida.
Con coraje, solos, bombardeados, desafiantes, nosotros, los británicos, la ganamos por nosotros mismos contra el enemigo más maligno y poderoso imaginable.
Nacido seis años después de que había concluido, me sentía casi como si la hubiese vivido, como mis padres lo habían hecho más enfáticamente, con algo de coraje y mucho de incomodidad en ambos casos.
Con mis soldados de juguete, tanques y armas, derrotaba a los nazis diariamente en el piso de mi habitación.
Me perdía en libros con títulos desvergonzados como “Hombres de honor”, con sus relatos crocantes y movidos de hechos de increíble coraje por gente de otro modo ordinaria que podrían haber sido mis vecinos.
Leía las aventuras ficticias del as de la Fuerza Aérea Real Matt Braddock creyendo que las historias eran reales, y sin preocuparme en lo más mínimo acerca de lo que sucedía cuando sus bombas tocaban el suelo. Ahora lo hago.
Luego de esto vinieron todas esas películas patrióticas que enriquecían la decencia, coraje tranquilo y humor de uno mismo que llegué a pensar eran la esencia de lo británico. Hasta hoy no puedo verlas sin atragantarme.
Ésta fue nuestra mejor hora. Fue la medida contra la cual debe compararse todo lo demás.
Por eso ha sido muy duro para mí desde que las dudas prendieron. Realmente no quería saber si no había sido exactamente así. Pero terminaron forzándome.
Cuando viví en Rusia al final de la era soviética, me encontré con un país que hacía incluso más uso de la guerra que nosotros mismos.
Incluso contraté a un espléndido veterano del viejo Ejército Rojo para ayudarme a instalar mi oficina allí: un anciano caballero recto y totalmente confiable como los de la generación de mi padre, excepto que era ruso y un estalinista convencido que había realizado trabajos oscuros para la KGB.
También tenían sus películas bélicas. Y sus cicatrices honrosas.
Y estaban tan convencidos como nosotros de que ellos solos habían ganado la guerra.
Consideraban al Día D como un evento menor y nunca había oído de El Alamein.
Una vez me encontré a mí mismo pensando: “Están usando la guerra como una manera de confortarse a sí mismos de su decadencia nacional, y en el camino están claramente perdiendo en su enfrentamiento con América”.
Y luego se me ocurrió que ésta podía ser una descripción de mi mismo país.
Cuando viví en América, donde descubrí que la Segunda Guerra Mundial, según su visión, tuvo lugar principalmente en el Pacífico, y que en cualquier caso no importaba ni la mitad que la Guerra Civil y la Guerra de Vietnam, obtuve una segunda lección histórica severa e indeseada.
Ahora aquí viene otra. En una reciente visita a los Estados Unidos compré dos nuevos libros que harán enojar mucho a mucha gente en Gran Bretaña.
Los leí, sin poder mirar para otro lado, del mismo modo que es difícil no mirar una escena de desastre, en una suerte de nube de oscuridad desesperanzada.
Son una reacción del uso—según mi visión, abuso—de la Segunda Guerra Mundial para justificar la Guerra de Irak.
Nos dicen que la guerra entre 1939 y 1945 fue una buena guerra, peleada para derrocar a un tirano perverso, que la guerra en Irak sería lo mismo, y que quienes se oponen a ella son como los pacifistas desacreditados de 1938.
Bueno, yo no me siento como Neville Chamberlain (un hombre al que aún desprecio) cuando argumento contra la Guerra de Irak. Y aún no.
Algunos de quienes se oponen a la Guerra de Irak hacen una pregunta muy perturbadora.
La gente que nos vendió Irak lo hicieron como si fuesen los Churchill de hoy. Estaban equivocados.
En ese caso, ¿cómo podemos estar seguros de que la Guerra de Churchill fue una buena guerra?
¿Qué sucede si los “Hombres de Honor” no necesitaban morir o arriesgar sus vidas? ¿Qué pasa si todo fue un mal calculado desperdicio de vidas y riqueza que destruyó a Gran Bretaña como principal potencia y la convirtió en una arruinada pensionada de los EE.UU.?
Lo gracioso es que esas preguntas resuenan en otras igualmente inconfortables que a menudo mis lectores me hacen aquí.
La versión más suave es: “¿Quién ganó la guerra realmente cuando Gran Bretaña está hoy sometida a una Unión Europea dirigida por Alemania?”
La otra es una que escucho de un número creciente de veteranos de guerra que contemplan el panorama británico moderno de estupidez y desorden, y rememoran los sacrificios que hicieron: “¿Para qué nos preocupamos?”
No sigas leyendo si estas preguntas sacuden tu universo.
Los dos libros, que saldrán en este país muy pronto, son de Patrick Buchanan Churchill, Hitler And The Unnecessary War (Churchill, Hitler y la guerra innecesaria) y de Nicholson Baker Human Smoke (Humo humano).
Conozco a Pat Buchanan y lo respeto, pero nunca me gustó su simpatía por “América Primero”, el movimiento que trató de mantener a los EE.UU. fuera de la Segunda Guerra Mundial.
En cuanto a Nicholson Baker, se hizo famoso sólo cuando su novela de sexo telefónico, Vox, le fue regalada a Bill Clinton por Monica Lewinsky.
Human Smoke no es una novela sino una serie de hechos reales breves deliberadamente ordenados para minar la historia aceptada de la guerra, y ha recibido una generoso tratamiento por parte de los medios estadounidenses, especialmente el New York Times.
Baker es un pacifista, una postura estúpida abierta sólo a ciudadanos de países libres con armadas grandes.
Ha seleccionado con cuidado para apoyar su postura, pero muchos de los hechos aquí, especialmente acerca de Winston Churchill y del rápido entusiasmo británico por bombardear objetivos civiles, perturba malamente la creencia promedio.
Aquí está Churchill, en un artículo de diario de 1920, supuestamente atacando a la “siniestra confederación” del judaísmo internacional.
Digo “supuestamente” porque no he visto el original. También lo digo porque me rehúso a creerlo, como me rehúso a creer otro fragmento de Baker que sugiere que Franklin Roosevelt se había involucrado en un plan para limitar el número de judíos en la Universidad de Harvard.
Tales cosas hoy acabarían una carrera política en un instante.
Muchos creen que la guerra de 1939 a 1945 fue peleada para salvar a los judíos de Hitler. Ningún hecho comprueba esta creencia bastante extendida.
Si la guerra salvo algún judío, lo hizo por accidente.
Su comienzo frenó los trenes de “Kindertransport” que rescataban a los niños judíos del Tercer Reich. Ignoramos informes creíbles de Auschwitz y nos rehusamos a bombardear las vías ferroviarias que conducían hacia ese lugar.
Baker tampoco tiene problema en mostrar que la decisión de Hitler de exterminar a los judíos de Europa sólo apareció luego de que la guerra había comenzado del todo, y que antes de eso, a pesar de que su tratamiento de los judíos era desagradable y homicida, estaba bastante lejos del asesinato masivo industrializado.
La implicancia de esto, que el Holocausto fue el resultado de la guerra, no la causa de ella, es especialmente perturbadora.
Mucha gente se verá problematizada, también, con el conocimiento de que Churchill dijo de Hitler en 1937, cuando la naturaleza de su régimen era bien conocida: “Un funcionario muy competente, frío, bien informado, con maneras agradables, una sonrisa amigable y que pocos no se han visto afectados por su sutil magnetismo personal”.
Tres años después, la mirada semi-oficial, aún bastante creía, era que Hitler era un demonio en forma humana y más o menos loco.
Buchanan es, de alguna forma, más dañino. Retrata a Churchill como un hombre que amaba la guerra en sí misma, y la prefería a la paz.
Cuando la Primera Guerra Mundial comenzó en 1914, dos observadores, Margot Asquith y David Lloyd George, describieron a Churchill como “radiante, su cara luminosa, sus maneras agradables… podía verse que era realmente un hombre feliz”.
Churchill también (correctamente) es golpeado por Buchanan por reducir las fuerzas armadas británicas en el período entre guerras.
Fue Churchill quien, como canciller del Tesoro, mandó profundos recortes en la Armada Real en 1925, de modo que cuando adoptó el re-armamento como su causa diez años después, fue contra su propia estupidez que peleaba.
Bueno, todo país necesita de hombres a los que les gusta la guerra, si pretende defenderse y pelear cuando deba hacerlo. Y todos cometemos errores, que son olvidados si luego hacemos algo espectacularmente bien, como hizo Churchill.
Los americanos pueden tomar o dejar las ideas del Sr. Buchanan acerca de si debieron haberse mantenido fuera, pero los EE.UU. lo hicieron bastante bien en una guerra en la cual Gran Bretaña y Rusia tuvieron a su cargo la mayoría de las luchas, mientras que Washington se acreditaba (y aún lo hace) la mayor parte de los beneficios.
Reseñando el frío resumen de Buchanan, me encontré molesto con varias cuestiones.
Las dos guerras mundiales, como dice Buchanan, fueron en realidad un único conflicto.
Fuimos a la guerra con el Káiser en 1914 principalmente porque temíamos que Alemania nos sobrepasara como la primera potencia naval del mundo. Aún así el principal resultado de la guerra fue que nos vimos tan debilitados que fuimos sobrepasados por los EE.UU.
También fuimos forzados, por presión americana, a terminar nuestra alianza naval con Japón, lo que protegió nuestro Imperio en el Lejano Oriente durante la guerra de 1914 a 1918.
Esta decisión, más que ninguna otra, nos costó ese Imperio. Al convertir a Japón de aliado en enemigo, pero sin el poderío militar o naval para conservar nuestras posesiones, nos aseguramos ser presa fácil en 1941.
Después de la caída de Singapur en 1942, nuestra fuerza y reputación en Asia se acabó para siempre y nuestra salida apresurada de la India era inevitable.
Peor aún es el análisis de Buchanan de cómo fuimos a la guerra.
Siempre había pensado que el momento en que debimos frenar a Hitler fue cuando reocupó la Renania el 7 de marzo de 1936. Pero Buchanan registra que nadie estaba interesado en tomar esa vía en aquel tiempo. ¿Nadie? Sí.
Eso incluye a Churchill, quien dijo fatalmente el 13 de marzo: “En vez de tomar represalias por la fuerza armada, como hubiese sido hecho una generación antes, Francia ha tomado la vía apropiada y prescripta de apelar a la Liga de Naciones”.
Entonces urgió a “Herr Hitler” de la forma más aguada a hacer algo decente y retirarse.
Buchanan no cree que Gran Bretaña y Francia podrían haber salvado a Checoslovaquia en 1938, y sospecho que está en lo correcto.
Pero éste es un asunto menor en comparación con su examen quirúrgico de la garantía británica de ayudar a Polonia en marzo de 1939. Hitler vio nuestra “posición” como una bomba de humo, y la desafió.
Los polacos fueron aplastados y asesinados, y su país borrado del mapa. La eventual derrota de Hitler dejó a Polonia bajo la bota soviética por dos generaciones.
Luego nos embarcamos en una guerra que nos costó nuestro Imperio, muchos de nuestros mejores mercados de exportación, lo que restaba de nuestra supremacía naval y la mayor parte de nuestra riqueza nacional—felizmente arrancada de nuestras manos a cambio de las provisiones en préstamo y arriendo.
Como resultado directo de ello suplicamos la membresía de un mercado común que desde entonces ha drenado nuestra independencia nacional.
¿No debíamos haber sido más inteligentes de comportarnos como los EE.UU., quedando afuera y esperando a que Hitler y Stalin se arrancaran las entrañas?
¿Esta Hitler realmente interesado en una guerra con Gran Bretaña o en aplastar el Imperio Británico?
El país más interesado en desmantelar nuestro Imperio eran los EE.UU. Hitler nunca construyó una armada de superficie capaz de desafiar la nuestra y, por suerte para nosotros, dejó para último momento la construcción de suficientes submarinos como para hacernos morir de hambre.
Por muy poco fue derrotado en la Batalla de Inglaterra, ¿pero cuánto nos hubiese cobrado si, un año después, hubiese usado las fuerzas que lanzó contra Rusia para, en vez de ello, atacarnos a nosotros?
Pero no lo hizo. Su “plan” para invadir Gran Bretaña, la famosa Operación León Marino, era sólo un borrador que fue rápidamente abandonado.
¿Puede ser verdad que no estaba demasiado interesado en pelear con nosotros o invadirnos? Sus asistentes siempre se sintieron confundidos por su admiración por el Imperio Británico, acerca del cual podía aburrir durante horas.
Por supuesto que era un dictador maligno. Pero lo mismo fue José Stalin, quien posteriormente se convertiría en nuestro honorable aliado, provisto con armas británicas y aplaudido por nuestra prensa y políticos, incluyendo al mismo Churchill.
Para la Navidad de 1940, Stalin había de hecho asesinado a tanta gente como Hitler y había invadido casi tantos países.
Casi le declaramos la guerra en 1940 y ordenó a los comunistas británicos subvertir nuestro esfuerzo bélico contra los nazis durante la Batalla de Inglaterra.
Y, aliado de Hitler, aprovisionaba a la Luftwaffe con mucho del combustible y los recursos que necesitaba para bombardear Londres.
No es tan simple, ¿no? Revisa el siglo XX y verás a Gran Bretaña repetidamente peleando contra Alemania a un costo colosal.
Nadie puede dudar del valor y el sacrificio involucrado.
Pero al final de todo, Alemania domina Europa tras la pantalla de humo de la Unión Europea; nuestro Imperio y nuestro dominio sobre los mares ha desaparecido, luchamos contra todos los problemas de una gran civilización en decadencia, y nuestro amigo especial, los Estados Unidos, nos han suplantado sonrientemente para siempre. Pero ganamos la guerra.